Lo sencillo era hacer maletas, ver el globo terráqueo y con
el dedo seleccionar un lugar. Entonces comenzaba la emoción, telefonear a los
padres, decirle adios al hermano, juntar a los amigos y decirles “me voy, es la
hora de volar, es tiempo de partir” y enseguida sentías la emoción de volver a
empezar.
Y uno sabía que podía volver, que siempre y otra vez un
hogar iba a encontrar, entonces comenzaba la mudanza, necesito esto, necesito
aquello, esto lo puedo dejar, esto no lo voy a necesitar más, aquello lo puedo
olvidar, nos obligábamos a nosotros mismos a limpiar y seleccionar, hablar con
el rentero, extrañar el piso donde vivimos y en automático entrar en pausa,
esperando que llegará el momento de marchar.
Solo aquellos que hemos decidido en algún momento a levantar
el vuelo, a poner distancia de por medio, a olvidar y emprender, aquellos que
una vez tuvimos el corazón roto y las ganas de empezar, sabemos que se vive por
ratos y a ratos, en pausa, adelantar y regresar, que una vez estando lejos se
extraña y se piensa que quizá irnos fue un tanto extremista y entonces nos
buscamos y buscamos aquello donde nos podamos reconocer.
No nos estamos haciendo más jóvenes, tampoco más ricos,
solamente somos parte de ese mito, de esa eterna búsqueda a la felicidad, la
maleta cada vez es más pequeña, el corazón mucho más grande, la gente que dejas
la extrañas más, la gente que te llevas los quieres más, levantar el vuelo
nunca ha sido demasiado sencillo y la soledad siempre te acompañará.
Y uno siempre anda buscando razones para marcharse, la
ciudad me cansó, en esta ciudad no me puedo desarrollar, estoy aburrido,
necesito emociones, cuando quizá lo único que necesitamos es encontrar una
razón para quedarnos, pero encontrar es razón a veces resulta igual de difícil que
encontrar el fondo del mar, ¿a qué me quedo?, ¿a qué me voy? Y solamente
alcanzo a escuchar el tic tac del reloj.
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