lunes, 17 de marzo de 2014

Tic Tac



Lo sencillo era hacer maletas, ver el globo terráqueo y con el dedo seleccionar un lugar. Entonces comenzaba la emoción, telefonear a los padres, decirle adios al hermano, juntar a los amigos y decirles “me voy, es la hora de volar, es tiempo de partir” y enseguida sentías la emoción de volver a empezar.

Y uno sabía que podía volver, que siempre y otra vez un hogar iba a encontrar, entonces comenzaba la mudanza, necesito esto, necesito aquello, esto lo puedo dejar, esto no lo voy a necesitar más, aquello lo puedo olvidar, nos obligábamos a nosotros mismos a limpiar y seleccionar, hablar con el rentero, extrañar el piso donde vivimos y en automático entrar en pausa, esperando que llegará el momento de marchar.

Solo aquellos que hemos decidido en algún momento a levantar el vuelo, a poner distancia de por medio, a olvidar y emprender, aquellos que una vez tuvimos el corazón roto y las ganas de empezar, sabemos que se vive por ratos y a ratos, en pausa, adelantar y regresar, que una vez estando lejos se extraña y se piensa que quizá irnos fue un tanto extremista y entonces nos buscamos y buscamos aquello donde nos podamos reconocer.

No nos estamos haciendo más jóvenes, tampoco más ricos, solamente somos parte de ese mito, de esa eterna búsqueda a la felicidad, la maleta cada vez es más pequeña, el corazón mucho más grande, la gente que dejas la extrañas más, la gente que te llevas los quieres más, levantar el vuelo nunca ha sido demasiado sencillo y la soledad siempre te acompañará.

Y uno siempre anda buscando razones para marcharse, la ciudad me cansó, en esta ciudad no me puedo desarrollar, estoy aburrido, necesito emociones, cuando quizá lo único que necesitamos es encontrar una razón para quedarnos, pero encontrar es razón a veces resulta igual de difícil que encontrar el fondo del mar, ¿a qué me quedo?, ¿a qué me voy? Y solamente alcanzo a escuchar el tic tac del reloj.

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