sábado, 10 de mayo de 2014

Mi madre y yo…

Yo nunca fui de los que dijo “mi mamá es la mejor”, tampoco nunca le dije “eres la mejor” y no tiene nada que ver con este rollo cursi que no me va, la gente que me conoce y me conoce bien sabe que se necesita poco para empalagarme y que las sonrisas y los abrazos me los guardo para aquellos, aquellos que contados han transformado mi vida.

Voy a ser bien sincero, aunque en la semana alguien me dijo que no debería decirlo ni de broma, pero vamos, que yo por momentos llegué a pensar que tuve la peor madre y nada tiene que ver eso con el hecho de que prácticamente encontrar espacio en su agenda a veces resultaba un tanto complicado y luego mis ausencias, sí, ya saben, soy como un migrante, soy un nómada y me convenzo a mí mismo a emprender el vuelo y mudarme cual vil gitano.

Entonces los 10 de mayo, los 17 de octubre, los 24 de diciembre, los 18 de noviembre se convirtieron en fechas donde cortésmente nos hablábamos y nos enviábamos un mensaje de felicitación, pero nosotros celebrábamos cuando coincidíamos y éramos tan felices y me escuchaba y la escuchaba y entre la UNICEF y el INEA se hacía un poco de espacio, entonces media hora en el carro platicábamos y luego quedaba en suspenso.

Sí, mi madre a veces fue la peor, como cuando aquella vez que yo tenía quince años y me quitaron cinco dientes y yo estaba decidido a ir a una fiesta de quince años y ella no me dejo y yo me encerré en el baño y me enojé y grité o como cuando en segundo de primaria se me ocurrió decirle que era bastante amargada, yo ni siquiera sabía que significaba esa palabra, pero en ese momento la encontré bastante acertada o la vez en que no me dejo ser actor y quizá eso me siga dando un tanto de molestia, pero hoy sé que no es por ella, sino por mí, porque no fui lo suficientemente firme para defender mis sueños.

Pero mi madre fue madre y eso no le permitió ser “la mejor” porque chocamos, porque peleamos, porque muchas veces no me dejo hacer lo que yo quisiera, porque muchas mañanas me despertaba para ponerme a hacer la tarea que no hice una tarde anterior, porque hubieron castigos y lecciones bien aprendidas, mi madre fue, es y será madre, esa misma que me dice ahora que ya estoy grande, que es mi decisión, de eso no quiero saber.

De ella he aprendido a ser un tanto más privado, pero sobre todo a reservarme para momentos especiales, a no enfrascarme en discusiones innecesarias, a seguir mis sueños, a defenderlos, me ha dado pie con bola, pero también muchas veces ha jalado las riendas para que yo no me pierda en el camino.
Mi madre es mi madre, esa que me dice “anda, ve, prueba y si no te gusta, siempre habrá un boleto de regreso para que vuelvas a casa.

domingo, 30 de marzo de 2014

Del cambio a la evolución constante



La gente siempre se muere por encontrar una razón para cambiar, cualquier pretexto es bueno, un corazón roto, un nuevo trabajo, un inicio en una ciudad diferente, un viaje y ¿por qué no?, simplemente ganas, ganas de cambiar el mundo, aunque eso signifique olvidar lo que un día fuimos.

Y es que nos han convencido que la fórmula del éxito debe ir acompañada de un cambio constante, de un cambio radical, cambiar de ruta, cambiar, cambiar, cambiar y lo escuchamos todo el tiempo y de repente lo creemos, cortamos de tajo y nos sentimos fuertes y especiales porque hemos sido capaces de olvidar la ruta que un día anduvimos y el camino en que nos conocimos.

Hace tiempo escuché que al preguntarle a cierta celebridad sobre su palabra favorita sin dudar respondió “evolución”, en su cara había un signo de satisfacción, de emoción, de comprensión, se tomó el tiempo y explicó en pocas palabras la maravillosa acción de la evolución y la diferencia que existía entre ella y el cambio.

La evolución te permite avanzar en el camino, mejorar la especie, crecer, hacerte un poquito más grande, la evolución a diferencia del cambio, rescata aquello que es bueno, que es fuerte, que has explotado para llegar al lugar en donde estás, como también tiene la capacidad de apartar de ti lo débil, lo que ha dejado de funcionar, lo que tu cuerpo, mente, alma, ha decidido que no le sirve más, que le estorba un poco, que ha cumplido con su función y simplemente ocupa espacio.

La maravilla de la evolución es que como lo dice su nombre evolucionas, te conviertes en un ser más fuerte, en un ser más preparado, pero no suprimes del todo las experiencias que has vivido en el pasado, al contrario ellas son un aliciente para seguir en el camino.

Quizá muchos decidan cambiar de tajo en el camino y se vale, se respeta, porque a muchos les funciona cortar y empezar de cero, pero en lo personal yo lo encuentro desgastante, ¿cuántas veces puedes volver a empezar sin sentir que lo has vuelto a echar a perder?, yo voy a evolucionar y decido evolucionar contigo, para nunca olvidar aquella primera palabra que nos dijimos, la mirada que compartimos y el gesto de complicidad que construimos y creceremos y seremos más fuertes, pero sobre todo vamos a evolucionar sin olvidar aquello que un día fuimos.

lunes, 17 de marzo de 2014

Tic Tac



Lo sencillo era hacer maletas, ver el globo terráqueo y con el dedo seleccionar un lugar. Entonces comenzaba la emoción, telefonear a los padres, decirle adios al hermano, juntar a los amigos y decirles “me voy, es la hora de volar, es tiempo de partir” y enseguida sentías la emoción de volver a empezar.

Y uno sabía que podía volver, que siempre y otra vez un hogar iba a encontrar, entonces comenzaba la mudanza, necesito esto, necesito aquello, esto lo puedo dejar, esto no lo voy a necesitar más, aquello lo puedo olvidar, nos obligábamos a nosotros mismos a limpiar y seleccionar, hablar con el rentero, extrañar el piso donde vivimos y en automático entrar en pausa, esperando que llegará el momento de marchar.

Solo aquellos que hemos decidido en algún momento a levantar el vuelo, a poner distancia de por medio, a olvidar y emprender, aquellos que una vez tuvimos el corazón roto y las ganas de empezar, sabemos que se vive por ratos y a ratos, en pausa, adelantar y regresar, que una vez estando lejos se extraña y se piensa que quizá irnos fue un tanto extremista y entonces nos buscamos y buscamos aquello donde nos podamos reconocer.

No nos estamos haciendo más jóvenes, tampoco más ricos, solamente somos parte de ese mito, de esa eterna búsqueda a la felicidad, la maleta cada vez es más pequeña, el corazón mucho más grande, la gente que dejas la extrañas más, la gente que te llevas los quieres más, levantar el vuelo nunca ha sido demasiado sencillo y la soledad siempre te acompañará.

Y uno siempre anda buscando razones para marcharse, la ciudad me cansó, en esta ciudad no me puedo desarrollar, estoy aburrido, necesito emociones, cuando quizá lo único que necesitamos es encontrar una razón para quedarnos, pero encontrar es razón a veces resulta igual de difícil que encontrar el fondo del mar, ¿a qué me quedo?, ¿a qué me voy? Y solamente alcanzo a escuchar el tic tac del reloj.

domingo, 9 de marzo de 2014

Aquel primer intento



Me hice de pedazos, de fragmentos, de pequeños momentos donde la alegría se confundía con el sonido de tu risa y la forma en que mirabas, en que mirabas mis ojos, mientras mis ojos te veían y luego los dos reíamos haciendo el tonto por la vida.

Me haces falta cuando tomo mi café amargo, simple, como la vida, me haces falta en el primer rocío que anuncia la llegada del verano y las caídas de las hojas que dan paso a nuestro otoño, a nuestro silencio, a nuestro tiempo.

Me haces falta cuando busco un sonido que me recuerde un poco de alegría y río y ríes y aunque sabemos que no somos dueños del tiempo, al menos lo intentamos y tomados de la mano vamos y los ojos de los demás nos miran y me callo y callas, porque hemos aprendido que el mejor regalo que nos dio la vida es el silencio que nos habita.

Y te vivo y me vives y nos aguarda una larga noche y las estrellas nos miran y el viento nos toca y entonces regresamos a la vida, a la soledad que nos rodea y los caminos que nos separan, a la misma vida, a ese momento que siempre se confunde con aquel primer intento.